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The Declaration of Independence boldly affirms that first among our inalienable rights is the right to life, given to us by the Creator. Yet despite being so solemnly proclaimed, the right to life is today threatened and often denied, particularly at the moments when life is most fragile. Our laws should—first and foremost—protect life. Even with the overturning of Roe v. Wade, many states still do not recognize children in their mothers’ wombs as persons and still claim that abortion is a right. Further, many political leaders work actively to increase access to abortion. Some falsely describe it as health care and even as a basic human right. Laws and policies that legalize or promote an intrinsic evil like abortion violate the virtue of justice.

Those who work as public officials and civic leaders have a duty to serve the common good, and therefore have a profound obligation to safeguard this most fundamental right to life. Through our own prayer, witness, and civic participation, we can encourage our leaders to truly answer their call to protect the rights of all people. For “there can be no true democracy without a recognition of every person’s dignity and without respect for his or her rights” (Evangelium vitae 101).

La Declaración de la Independencia afirma audazmente que el primero de nuestros derechos inalienables es el derecho a la vida, que nos lo dio el Creador. Sin embargo, a pesar de haber sido proclamado tan solemnemente, el derecho a la vida está hoy amenazado y a menudo es negado, especialmente en los momentos en que la vida es más frágil. Lo primero que nuestras leyes deben hacer es proteger la vida. Incluso con la anulación de Roe vs. Wade, muchos estados todavía no reconocen a los niños en el vientre materno como personas y aún declaran que el aborto es un derecho. Además, muchos dirigentes políticos trabajan de manera activa para aumentar el acceso al aborto. Algunos falsamente lo describen como atención de la salud e incluso como un derecho humano fundamental. Las leyes y políticas que legalizan o promueven un mal intrínseco como el aborto violan la virtud de la justicia.

​Los que trabajan como funcionarios públicos y dirigentes cívicos tienen el deber de servir el bien común y, por lo tanto, tienen la profunda obligación de salvaguardar este derecho fundamental. Mediante nuestra propia oración, testimonio y participación cívica, podemos alentar a nuestros dirigentes a responder de verdad a su llamado a proteger los derechos de todas las personas. Pues “no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos” (Evangelium vitae 101).