Forgiveness | Perdón – Bishop Tyson Homily 09-06-20

by Msgr. Robert Siler

Twenty-Third Sunday of Ordinary Time, Cycle A
Ezequiel 33:7-9; Romans 13:8-10; Matthew 18:15-20

Most Rev. Joseph J. Tyson, Bishop of Yakima

“Amen, I say to you,” Jesus tells his disciples in today’s Gospel, “whatever you bind on earth shall be bound in heaven and whatever you loose on earth shall be loosed in heaven.”

Traditionally, as Catholics we understand this “loosening” and “binding” as a reference to the power of the priest acting in the person of Christ to impart or retain absolution for the forgiveness of sins.

The actual words of the priest in the Rite of Penance are, “God, the Father of mercies, through the death and resurrection of his Son has reconciled the world to himself and sent the Holy Spirit among us for the forgiveness of sins; through the ministry of the Church may God give you pardon and peace, and I absolve you from your sins in the name of the Father, and of the Son, + and of the Holy Spirit.”

The precise wording is noteworthy. The absolution blessing begins with God. God is the author of all forgiveness. Through his Son, Jesus Christ, he has already reconciled the world to His mercy. He sent the Holy Spirit so we may experience the forgiveness of our sins. Thus, the priest forgives our sins precisely because he is not acting in his own “person” but in the person of Jesus Christ. Forgiveness stems, not from human power, but the power of Christ to save.

I never tire of underscoring this reality with the story of my first funeral as a bishop. It was for a young man who was shot to death. It was at a party. A fight broke. Tempers were fueled by alcohol. Someone had a gun. Suddenly a young man I prepared for confirmation several years earlier was dead.

The night before the funeral, many young friends gathered in our church parking lot. They had T-Shirts emblazoned with a picture of their young friend who had been shot. Some were sad. Some were angry. Some wanted revenge.

The next day at the funeral during the homily I sternly challenged the youth: “No revenge!”  But it was the father of young man who had the biggest impact. In his broken English he told everyone that he forgave the killer of his son. He went on to tell us he expected us to do the same. He did not ask. He commanded us to do as he did and forgive from our hearts the youth who had shot his son to death.

Can you do that? If you and I are really honest with ourselves, most likely the answer will be “no.” It is not easy to let go of revenge. It is not easy to forgive when we have been hurt. But this is why the blessing prayer of absolution begins with the phrase, “God the Father of mercies…” Terrible things can happen to us. We see terrible injustices against our friends, our family and our co-workers. There are things that seem so unfair, so unjust, and so hurtful it is beyond our psychological power to forgive. Often the wounds and pain are so deep and profound, humanly speaking, we cannot forgive on our own psychological and emotional power. We need help. We need God’s help. We need the “Father of Mercies.”

Note that this Gospel from St. Matthew begins with Jesus addressing how to handle conflict. The direction is quite clear. Go first to the brother who has sinned against you. If that does not work, bring two others. If that does not work, call upon the elders of the church.

The command of Jesus does not allow us to engage in gossip. It does not allow us to go around and tell everyone around us how we have been harmed. No. We go directly to the person. Then we can ask two others we trust. Then we can seek the help of the church. The point cannot be clearer. Even when other harm us, we cannot spread rumors and gossip about them. We cannot engage in revenge with our words. First and foremost, we must go directly to the person who we think has harmed us. We must respect that person and talk directly to them even when that person has harmed us.

“Forgive us our sins, as we forgive those who sin against us.” We pray these words every day in the “Our Father.” “This petition is astonishing,” notes the Catechism of the Catholic Church (2838), because “…our petition will not be heard unless we have first met a strict requirement.” That requirement is that our forgiveness comes first. If we want to be forgiven then we must forgive first. Our forgiveness comes first.

Today’s Gospel gives us the chance to review our lives. How do we handle conflict? When I am harmed, do I go directly to the other person? Or do I sometimes gossip? Can I forgive? When I am too hurt, do I trust God to forgiven even when I cannot?

This is why we seek forgiveness. This is why we confess our sins aloud to a priest. This is why we seek the help of God and His Church to free us from sin. This is why we trust the power of forgiveness articulated by Jesus in today’s Gospel from St. Matthew when he tells his disciples: “Amen, I say to you…whatever you bind on earth shall be bound in heaven and whatever you loose on earth shall be loosed in heaven.”

Art source: scem.info / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)

Vigesimotercer domingo del tiempo ordinario (a) 2020
Ezequiel 33,7-9; Romanos 13,8-10; Mateo 18,15-20

Reverendísimo José Tyson, Obispo de Yákima

Les dice Jesús a sus discípulos en el Evangelio de hoy, ““Yo les aseguro todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Tradicionalmente, como católicos entendemos este “atar” y “desatar” como una referencia al poder del sacerdote actuando en la persona de Cristo para impartir o retener la absolución para el perdón de los pecados.

Las palabras del sacerdote en el Rito de Penitencia son: “Dios, Padre de misericordias, mediante la muerte y resurrección de su Hijo, reconcilió al mundo consigo mismo y envió al Espíritu Santo entre nosotros para perdón de los pecados; mediante el ministerio de la Iglesia puede Dios les conceda perdón y paz, y yo los absuelvo de sus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, + y del Espíritu Santo “.

Las palabras precisas son dignas de mención. Las bendiciones de la absolución comienzan con Dios. Dios es el autor de todo perdón. A través de su Hijo Jesucristo, ya reconcilió al mundo con su misericordia. Él envió al Espíritu Santo para que podamos recibir el perdón de nuestros pecados. Así, el sacerdote perdona nuestros pecados precisamente porque no actúa en su propia “persona”, sino en la persona de Jesucristo. El perdón no proviene del poder humano, sino del poder de Cristo para salvar.

No me canso de subrayar esta realidad con la historia de mi primer funeral como obispo. Fue para un joven que fue asesinado a tiros. Fue en una fiesta. Estalló una pelea. Los ánimos estaban alimentados por el alcohol. Alguien tenía una pistola. De repente, un joven al que preparé para la confirmación varios años antes murió.

La noche antes del funeral, muchos jóvenes amigos se reunieron en el estacionamiento de nuestra iglesia. Tenían camisetas estampadas con una foto de su joven amigo al que habían disparado. Todos estaban tristes. Otros estaban enojados. Algunos querían venganza.

Al día siguiente, en el funeral durante la homilía, desafié severamente a los jóvenes: “¡No venganza!” Pero fue el padre del joven quien tuvo el mayor impacto. En su inglés quebrado, les dijo a todos en el templo que perdonó al asesino de su hijo. Continuó diciéndonos que esperaba que hiciéramos lo mismo. No preguntó. Nos ordenó. Nos ordenó que hiciéramos lo que él hizo y que perdonáramos de corazón al joven que mató a tiros a su hijo.

¿Puedes hacer eso? Si usted y yo somos realmente honestos con nosotros mismos, lo más probable es que la respuesta sea “no”. No es fácil dejar ir la venganza. No es fácil perdonar cuando nos han herido. Pero es por eso por lo que la oración de bendición de la absolución comienza con la frase “Dios Padre de misericordias …” Nos pueden pasar cosas terribles. Vemos terribles injusticias contra nuestros amigos, nuestra familia y nuestros compañeros de trabajo. Hay cosas que parecen tan duro, tan injustas y dolorosas que perdonar está más allá de nuestro poder psicológico. A menudo, las heridas y el dolor son tan profundos que no podemos perdonar por nuestro propio poder psicológico y emocional. Necesitamos ayuda. Necesitamos la ayuda de Dios. Necesitamos al “Padre de las Misericordias”.

Tenga en cuenta que este Evangelio de San Mateo comienza con Jesús hablando de cómo manejar los conflictos. La dirección es bastante clara. Ve primero al hermano que ha pecado contra ti. Si eso no funciona, traiga otros dos. Si eso no funciona, llame a los eruditos y ancianos de la iglesia.

El mandato de Jesús no nos permite participar en chismes. No nos permite dar la vuelta y decirle a todos los que nos rodean cómo nos han hecho daño. No. Vamos directamente a la persona. El punto no puede ser más claro. Incluso cuando otros nos hacen daño, no podemos difundir rumores y chismes. No podemos participar en venganza oral. Debemos acudir directamente a la persona que creemos que nos ha hecho daño.

“Perdónanos nuestros pecados, como nosotros perdonamos a los nos ofenden”. Rezamos estas palabras todos los días en el “Padre Nuestro”. “Esta petición es asombrosa”, dice el Catecismo de la Iglesia Católica (2838), porque “… nuestra petición no será escuchada a menos que primero hayamos cumplido un requisito estricto. Ese requisito es que nuestro perdón sea lo primero. Si queremos para ser perdonados, primero debemos perdonar. Nuestro perdón es lo primero.

El evangelio de hoy nos da la oportunidad de revisar nuestras vidas. ¿Cómo manejamos los conflictos? Cuando me hacen daño, ¿me dirijo directamente a la otra persona? ¿O a veces chismeo? ¿Puedo perdonar? Cuando tengo que herir, ¿confío en que Dios me perdonará incluso cuando yo no pueda?

Por eso buscamos el perdón. Por eso confesamos nuestros pecados en voz alta a un sacerdote. Por eso buscamos la ayuda de Dios y Su Iglesia para liberarnos del pecado. Por eso confiamos en el poder del perdón articulado por Jesús en el Evangelio de hoy de San Mateo cuando les dice a sus discípulos: “Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo”.

Arte: scem.info / CC BY-SA (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)