Great Is Your Faith! | ¡Grande Es Tu Fe! Bishop Tyson Homily 8-16-20 - Archived

by Msgr. Robert Siler

Great Is Your Faith

Homily for the Twentieth Sunday of Ordinary Time, Cycle A 2020
Isaiah 56: 1, 6-7; Romans 11:13-15, 29-32; Matthew 15:21-28

Most Reverend Joseph J. Tyson, Bishop of Yakima

Peace be with you! “Great is your faith!” That is the phrase Jesus uses to respond to the Canaanite woman in our Gospel from St. Matthew. He says this in response to her request that he heal her daughter who is sick. “Great is your faith!” Could the same be said for me and for you our time of sickness in this COVID19 crisis? What might this Gospel from St. Matthew mean for us today?

The interpretive key for this particular Gospel is that Jesus crosses the border. Jesus deliberately withdraws from his Galilean homeland and crosses the border.  Jesus withdraws to the region of Tyre and Sidon. Those two cities mentioned in today’s Gospel still exist. They are cities in Lebanon, just south of Beirut, where we saw the terrible nitrate explosion last week that killed hundreds and injured thousands.

Like today, Jesus crosses over into a land filled with rivalries and conflicts. He deliberately places himself in a new country and a new land. He crosses the border. He meets people who are not Samarians and are not Jews. He meets people culturally different from himself. Jesus meets this Canaanite woman because he has placed himself in a foreign situation.

The great fourth-century St. Augustine in preaching this same Gospel passage notes the same. He writes, Jesus “…having gone beyond those borders, insistently sought to heal this daughter that was beset by the devil.”

But also note this. This Canaanite mother also crosses a border too.  She crosses over to him. She is not Jewish. She is a Canaanite woman. But she has a sick daughter. She had heard of Jesus. She addresses him as if she were a Jew. “Son of David,” she cries out to him with the Jewish title of Jesus, “have pity on me.” She says that she has a sick daughter tormented by a demon.

What advice do the disciples give to Jesus about this Canaanite woman? “Send her away.”  The verb in the original Greek biblical text is “diabalein.” You can hear our modern world “diabolical” in that ancient Greek word. The devil disperses. Jesus unites. The devil divides us from each other but the Jesus unites us to be brothers and sisters. The devil divides us through temptation to sin. But Jesus unites us to our deepest selves reminding us of the great people God made us to be. This is why Jesus takes so seriously the complaint of the Canaanite mother about the demon that torments her daughter.

Initially Jesus tells her that his mission is only in Israel and not in what is today Lebanon. She pleads with him to attend not only to the lost sheep of Israel but the lost sheep of every nation. “Please Lord, for even the dogs eat the scraps that fall from the table of the masters.” As a result, Jesus learns from the Canaanite woman that his mission is to save, not only the lost sheep of Israel, but the lost Gentiles too!

Thus, the positive and healing response of Jesus: “Oh woman, how great is your faith.” Jesus is amazed. He is deeply moved by the faith of this Canaanite woman who know little about his Jewish faith. He is amazed and touched by the faith of a foreigner.

Would Jesus be amazed at our faith too? Can we say the same about ourselves during this COVID-19 pandemic? Do we call to greet others by phone if we cannot visit them? Do we cross over the border of this pandemic?

Even more, do we learn from those different from ourselves? Are we open to learn from people who speak a different language or come from a different culture? Do we promote harmony between our Spanish- and English-speaking communities here in Central Washington. Are we respectful of both American and Mexican cultures? Do we see the beauty of faith lived among our Mexican brothers and sisters? Do we rejoice in our American experience of faith too? When we look at each other do we find ourselves echoing the words of Jesus: “Oh woman, how great is your faith?

How great is YOUR faith? How does your faith change the way you see your daily life? Pope Francis never tires of quoting Pope Benedict XVI on this topic. “Being Christian is not the result of an ethical choice or a lofty idea, but the encounter with an event, a person, which gives life a new horizon and a decisive direction.” (Deus Caritas Est 1) This is precisely what we see in this encounter between the Canaanite woman and Jesus. She had already heard about Jesus and it changed the fundamental orientation of her life to the point of pleading for her sick daughter.

“Great is your faith.” As bishop, those are my final words to all of you today. Thank you for the many ways you engage the steep demands of this Gospel. Thank you for considering the challenge of the Gospel. Thank you for the many ways you echo the words of Jesus. “Great is your faith!” Peace be with you.

Art: Michael Angelo Immenraet, between 1673-1678 / Public domain

¡Grande Es Tu Fe!

Homilía para el 20 Domingo de Tiempo Ordinario, 2020
Isaías 54: 1, 6-7; Romanos 11:13-15, 29-32; Mateo 11:21-28

Reverendísimo José Tyson, Obispo de Yakima

¡La paz sea con vosotros! “¡Grande es tu fe!” Esa es la frase que Jesús usa para responder a la mujer cananea en nuestro Evangelio de San Mateo. Dice esto en respuesta a su solicitud de que sane a su hija que está enferma. “¡Grande es tu fe!” ¿Podría decirse lo mismo de mí y de usted en nuestro tiempo de enfermedad en esta crisis de COVID19? ¿Qué podría significar este Evangelio de San Mateo para nosotros hoy?

La clave interpretativa de este evangelio en particular es que Jesús cruza la frontera. Jesús se retira deliberadamente de su tierra natal galilea y cruza la frontera. Jesús se retira a la región de Tiro y Sidón. Las dos ciudades mencionadas en el evangelio de hoy todavía existen. Son ciudades del Líbano, justo al sur de Beirut, donde la semana pasada vimos la terrible explosión de nitrato que mató a cientos e hirió a miles.

Como hoy, Jesús cruza a una tierra llena de rivalidades y conflictos. Se coloca deliberadamente en un nuevo país y una nueva tierra. Cruza la frontera. Conoce a personas que no son samaritanos ni judíos. Conoce gente culturalmente diferente a él. Jesús se encuentra con esta mujer cananea porque se ha colocado en una situación extraña.

El gran San Agustín del siglo IV al predicar este mismo pasaje del Evangelio señala lo mismo. Él escribe: Jesús “… habiendo ido más allá de esas fronteras, buscó insistentemente curar a esta hija que estaba acosada por el diablo”.

Pero también tenga en cuenta esto: Esta madre cananea también cruzó una frontera. Ella se acerca a él. Ella no es judía. Ella es una mujer cananea. Pero tiene una hija enferma. Ella había oído hablar de Jesús. Ella se dirige a él como si fuera judía. “Hijo de David”, le grita con el título judío de Jesús, “ten piedad de mí”. Dice que tiene una hija enferma atormentada por un demonio.

¿Qué consejo le dan los discípulos a Jesús sobre esta mujer cananea? “Envíala lejos”. El verbo en el texto bíblico griego original es “diabalein”. Puedes escuchar nuestra palabra moderna “diabólico” en esa palabra griega antigua. El diablo se dispersa. Jesús se une. El diablo nos separa, pero Jesús nos une para ser hermanos y hermanas. El diablo nos divide a través de la tentación al pecado. Pero Jesús nos une a nuestro ser más profundo recordándonos el gran pueblo que Dios nos hizo ser. Por eso Jesús toma tan en serio la queja de la madre Canaanita sobre el demonio que atormenta su hija.

Inicialmente Jesús le dice que su misión es solo en Israel y no en lo que es hoy Líbano. Ella le ruega que atienda no solo a las ovejas perdidas de Israel, sino también a las ovejas perdidas de todas las naciones. “Por favor, Señor, que hasta los perros se comen las sobras que caen de la mesa de los amos”, dijo la madre cananea. Como resultado, Jesús aprende de la mujer cananea que su misión es salvar, no solo a las ovejas perdidas de Israel, ¡sino también a los gentiles perdidos!

Así, la respuesta positiva y sanadora de Jesús: “Oh mujer, qué grande es tu fe”. Jesús está asombrado. Está profundamente conmovido por la fe de esta mujer cananea que sabe poco sobre su fe judía. Está asombrado y conmovido por la fe de un extranjero.

¿Podemos decir lo mismo de nosotros mismos durante esta pandemia de COVID-19? ¿Cruzan la frontera de esta pandemia con saludos por teléfono a los aislados en casa? ¿Aprendemos de aquellos que son diferentes a nosotros? ¿Estamos abiertos a aprender de personas que hablan un idioma diferente o provienen de una cultura diferente? ¿Promovemos la armonía entre nuestras comunidades de habla española e inglesa aquí en el centro de Washington? ¿Somos respetuosos de las culturas estadounidense y mexicana? ¿Vemos la belleza de la fe vivida entre nuestros hermanos y hermanas mexicanos? ¿Nos regocijamos también en nuestra experiencia estadounidense de fe? Cuando nos miramos nos encontramos con las palabras de Jesús: “Oh mujer, ¿qué grande es tu fe?

¿Qué tan grande es TU fe? ¿Cómo cambia tu fe la forma en que ves tu vida diaria? El Papa Francisco no se cansa de citar al Papa Benedicto XVI sobre este tema. “Ser cristiano no es el resultado de una elección ética o de una idea elevada, sino del encuentro con un acontecimiento, una persona, que da a la vida un nuevo horizonte y una dirección decisiva”. (Deus Caritas Est 1) Esto es precisamente lo que vemos en este encuentro entre la mujer cananea y Jesús. Ya había oído hablar de Jesús y cambió la orientación fundamental de su vida hasta el punto de suplicar por su hija enferma.

“Grande es tu fe”. Como obispo, esas son mis últimas palabras para todos ustedes hoy. Gracias por las muchas formas en que se compromete con las exigentes demandas de este Evangelio. Gracias por considerar el desafío del Evangelio. Gracias por las muchas formas en que se hace eco de las palabras de Jesús durante esta pandemia de COVID19. “¡Grande es tu fe!” La paz sea con vosotros.

Arte: Michael Angelo Immenraet, desde 1673-1678 / Dominio público